sexta-feira, 16 de setembro de 2011

Champeta: 30 años del ritmo cantan medio siglo de historia negra



Champeta: 30 años del ritmo cantan medio siglo de historia negra


Guitarra. Builla. Tambor. Frente al picó, un aparato musical con enormes cajas de sonido, mesa de edición y reflectores luminosos, miles de personas se reúnen para bailar la champeta. La fiesta ocurre en plazas o en casas de baile. Rumbear es vivir la Cartagena nocturna.



Descubrir la champeta, un ritmo caribeño resistente al tiempo e irresistible al cuerpo, es también como conocer una parte de la historia de más de medio millón de habitantes de los barrios más pobres de la ciudad, cuya gran concentración populosa circunda el cerro que termina en las ciénegas de La Virgen y de Las Quintas. Esta zona mantiene la mayor población negra de toda Cartagena de Indias. Como el funk de los cerros de Río de Janeiro, surge un grito colectivo a anunciar la fiesta y el modo de vivir de los cartageneros de los estratos uno y dos. Es la champeta, criolla o africana, que abriga en su modo de producción, basado en una rústica industria cultural, la explicación para tan variada composición musical.
En cualquier mercado de la ciudad es posible comprar un CD pirata de salsa, reggaetón, vallenato o champeta. Sus tambores, guitarras y teclados electrónicos suenan en la radio o en las tiendas. Pero la champeta es invisible en la amurallada Cartagena de Indias. Para ver a la gente del pueblo o a los grupos folclóricos bailando el ritmo es necesario buscar bien. Investigar. Los picós ocurren los fines de semana en la periferia. La música se toca desde CD, a altísimo volumen, cuanto más alto, mejor, un tipo de ritual social que estimula a niños, a hombres y a mujeres. La palabra viene del inglés pick up, de las cabinas de sonido donde animados DJ se dedican a la diversión popular.
Para conocer el ritmo a fondo es necesario recorrer las entrecortadas calles del mercado Bazurto, un enorme centro comercial de Cartagena. La urbe seca difiere mucho del Caribe turístico propagado en toda América Latina. Son las once de la mañana en la ciudad real. Hace un calor de treinta y dos grados y la sensación térmica es rigurosamente agreste.

Bazurto es ahí



Las calles, olorosas, están llenas de lama. Bazurto es la fuente de todo lo que se consume en los barrios. Son miles de quioscos apretados y amontonados. Desde el Cerro de la Popa, el mercado parece un coliseo latino, rústico, una galería roja y redonda adjunta a un grupo de construcciones compartidas. El taxista nos deja en el fondo del mercado, frente a la Ciénega de Las Quintas, un agua oscura y que huele a pescado podrido. En Bazurto, las personas se apiñan en paredes de lona o cartón, sentadas en troncos de árboles y cajas de frutas. Lanzan miradas duras a los extranjeros que se adentran. Ahí la dureza es visible. Por dentro, el mercado es gris y sucio. Se puede vender de todo. Un escenario pintoresco donde pescados, trozos de carne y aparatos electrónicos parecen danzar al ritmo de tambores. ¡A la orden!
Empieza la tarde y los comerciantes ya están cansados. Preguntamos por el productor musical y vendedor de ropa Yamiro Marín, y nos indican el sector de vestimentas, al lado opuesto, la parte más moderna, adaptada para los consumidores de jeans, remeras estampadas y zapatillas. Atravesamos todo el pasillo y llegamos a la tienda Rocha de Río. Yamiro es uno de los más importantes productores musicales de la región.
Reconocido entre los amantes de la música caribeña por su emprendimiento, Yamiro es un comerciante de éxito, dueño de distintos negocios locales, muy joven y amable. Él nos invita a un pequeño estudio frente a la gran avenida Pedro de Heredia, una concentración de olores, carros y negociantes ruidosos. La ciudad está marcada por la informalidad. La concentración de riquezas, el desempleo y el retroceso de salarios acentúan la evidente diferencia social a que están sometidos los habitantes marginales. Fragmentada por la economía liberal, la Cartago latina refleja los artificios de una población creativa. De acuerdo con la Secretaría de Planeación Departamental de Bolívar, el cuarenta y seis por ciento de la población estaba empleada en 2003. La informalidad y el desempleo crecen cada día. Para engañar la pobreza es necesario usar la cabeza.
En la pantalla de una computadora vieja, Romy Molina muestra las líneas verdes verticales del editor musical que maneja electrónicamente, matizando sus palabras para enseñarme cómo se hacen las champetas aquí, en Bazurto. En un picó, el sonido de las cajas hace temblar la tierra. “Aquí a la gente le gusta la bulla”, dijo Molina. Los picós traen música siempre grabada en estudio y  arreglada por un equipo de técnicos, generalmente dos, y un disc jockey.
La champeta es una sucesión de apropiaciones artísticas. El DJ y el productor son los que metamorfosean en champeta un disco traído de otro país o uno producido en Colombia. Marín asegura que los organizadores pagan a la Sociedad de Autores y Compositores (Sayco) y a la Asociación Colombiana de Intérpretes y Productores (Acimpro) los debidos impuestos por el uso de la música en los picós.
La mesa de sonido es vieja y el estudio, desorganizado. Yamiro Marín explica cómo se organiza el Rey de Rocha, según él, el mayor y más importante grupo champetero de todo el Caribe, cuyo negocio es promover los picós, la producción de CD y el lanzamiento de artistas y canciones. Contratan cantantes y producen la música en etapas. Primero, van al estudio los músicos y el arreglista; después, los cantantes y, por último, mezclan la música que será distribuida a la disquera y al dueño del picó.
Como en todas partes del mundo, solamente se venden los discos que tocan en las emisoras. Por lo menos hasta el prodigio de la distribución vía Internet. En Colombia, para que una canción suene en la radio es necesario pagar la ‘payola’, destinada a los presentadores de programas. Para montar su programación, Manuel Reyes jura que no recibe ‘payola’. “Pongo las canciones que pienso que son buenas o cuando conozco a los artistas”, dijo el presentador y especialista en el ritmo.
En la pared de moqueta rota hay un cartel del picó Rey de Rocha y otro de las Estrellas del Soukous, que es un ritmo afrocaribeño. En un rincón de la sala de cuatro metros cuadrados están el compositor, el cantante, DJ Chaulua y dos reporteros más. Yamiro y Molina hablan al mismo tiempo. Los dos desean explicar el éxito del negocio que ha aprovechado la familia de Yamiro, que también gestiona El Imperio y otros picós menores, como el Reycito de Rocha, administrado por Ángela Arias, mejor dicho Niña, la madre de Yamiro. El Rey actúa también en Venezuela.
Mientras charlan, analizan la producción musical como una industria casera. Alrededor de Bazurto hay muchos estudios como ese. La informalidad dificulta medir la producción de discos y su volumen de ventas. Los discos originales se producen en pequeña escala. “La piratería limita la posibilidad de que nuevos artistas locales se hagan fenómenos internacionales como Shakira”, afirma Gustavo Palacio, director nacional de la Asociación para la Protección de los Derechos Intelectuales sobre Fonogramas. En 2009 y 2010, las ventas globales de música cayeron un nueve por ciento. Hoy el fenómeno de la piratería es considerado batalla perdida. “Lo que más preocupa es la facilidad de acceder a Internet y la costumbre descarada de compartir música de una USB a otra”, afirma Palacios. En este contexto, la piratería digital superó a la física. En Cartagena, además, lo que se ve en las calles es el vasto comercio de CD ilegales. Para Marín, esa también puede ser una manera de estimular el público para los picós.
La cantidad exacta de bailes también es desconocida. Yamiro sugiere unos dos o tres por semana. Los más grandes se organizan con tiempo y ahí participan de tres a cinco mil personas.
En este estudio, champetero por excelencia, todos charlan sobre contratos, ganancias, e intentan ponerse de acuerdo sobre la escala de importancia de compositores, cantantes, DJ y productores. Incluyen en la conversa la ganancia libre que puede dejar un baile de picó: unos cinco mil dólares solo para el productor.


Negra como la noche


Desde sus primeros ruidos, la champeta ocupa el espacio del placer marginal, de los olvidados de la cultura erudita. Como diría el compositor brasileño Marcelo Yuka, en todo el párrafo de champeta hay un poco de navío negrero. Distintos estilos de esta música ácida y cadenciosa parecen dividir la ciudad, ya repartida por la pobreza y el prejuicio. Algunos cartageneros cultos defienden el ritmo puro, o la terapia. Los frecuentadores de picós, cantantes callejeros, vendedores de discos piratas hacen la champeta cotidiana, sea criolla, producida en español, sea africana, producida con discos importados. La champeta era inicialmente un cuchillo utilizado por carniceros y pescadores que salían del mercado directamente a bailar. En la década de los ochenta, la champeta africana, negra como la noche, comenzaba a ser sustituida por las adaptaciones hispánicas de sus letras. Esa adaptación permitió que el ritmo se popularizara aún más y que invadiera las calles. Del estilo africano surgen analogías fonéticas como el clásico akié, que parte de una música en créole, idioma bastante hablado en Haití. Con el tiempo, las letras de los títulos africanos fueron adaptadas para que los hispanos las entendieran. En un intento forzado de aproximar la champeta que se hacía en las calles y de adaptarla a los patrones culturales que agradan a los más ricos, se creó en la década de los ochenta el Festival de Música del Caribe, de iniciativa privada y con especialistas académicos.
Más que música, la champeta es una relación social en forma de espectáculo entre los habitantes de Cartagena. Un fenómeno artístico tan fuerte como fue la lambada brasileña. Aunque haya teorías diferentes para su génesis, la champeta vibra hace más de treinta años en Cartagena. Está basada en canciones desarrolladas y consumidas de manera instantánea, cuya fugacidad transforma a los cantantes en meros instrumentos de un sistema ya bastante reconocido en el mundo del espectáculo.
En el Caribe colombiano, la generación de riqueza se basa en la producción petroquímica y muy fuertemente en el turismo, lo que le da a la economía local una apariencia informal. Cada pueblo se desarrolla como puede. La música cartagenera es ante todo un sincretismo de ritmos, orígenes e intereses. Están involucrados en este negocio productores musicales, disqueras, cantantes, huelguistas, vendedores de CD, organizadores de batallas musicales. La costumbre de mezclar es propia de la historia cartagenera. Ese modo de vivir tiene una fuerte influencia en el arte de la Colombia caribeña.
Calcular el tiempo de circulación y la cantidad de canciones producidas también es difícil. Una canción puede ‘pegar’ y tocarse durante seis meses en los picós. Hay clásicos como La Paola y Saya Jean; otras que tuvieron y siguen teniendo éxito, como Chocho, muchas con doble sentido. Incluso una canción brasileña estalló como una popular champeta, Celular.
Por la tarde, llegan al estudio los cantantes y el productor de una banda nueva, Les Garzons, de la Boquilla, grupo folclórico de soukou y bocatica. Desde que el ritmo se hizo un negocio, las bandas se obligaron a hacer champeta. En muchos casos, una canción de éxito puede ser transformada para los picós.


La voz de Les Garzons

Ellos van a pasar algunas horas concentrados en la edición final de su música de lanzamiento como banda. Atentos a los ruidos, pero sobre todo a la letra de la canción, parecen tener un trabajo arduo por delante. Molina cree que la música va a ser “tremenda”. Yamiro concuerda. El grupo también sigue esperando, tímidamente, que su productor, pegado al rincón del pequeño estudio, confirme la profecía. Además de serio y costoso, el trabajo es una manera de colocar nuevos cantantes en el esquema.

La canción que están grabando tiene algo en el fondo. Va a llamarse Chuzada (escucha telefónica). Tiene un clima de acusación, de revelación. Acusan al expresidente Álvaro Uribe de intervenir en el sistema de comunicaciones para invadir la privacidad de los magistrados de la Corte Suprema por medio del Departamento Administrativo de Seguridad (DAS). Estalla el escándalo, pues los medios acusan al órgano de una serie de operaciones con el objetivo de destruir la imagen pública de diversas personas e instituciones. Entre ellas, existe la controversia sobre las ONG que habrían sido “desprestigiadas” mediante la “emisión de comunicados” con mentiras sobre su aproximación con la guerrilla.
 Las consecuencias de este embrollo son grandes: muertes, exilios, perjuicios. Las órdenes del DAS eran de generar, alimentar y producir campañas para desprestigiar a los detractores: la Corte Suprema de Justicia. Un evento descarado. Bernardo Moreno, asesor presidencial, y la exdirectora del DAS María del Pilar Hurtado fueron ampliamente acusados. María del Pilar se exilió en Panamá. Le expidieron una orden de búsqueda internacional de la Interpol y una serie de mandatos de acusación en Colombia. El presidente de Panamá declaró públicamente que no va a deportarla. José Obdulio Gaviria, exasesor presidencial y consejero del presidente, sería el intermediario de las órdenes.
Otras champetas han utilizado temas sociales, sin embargo, la discordia política en esta música es un debut. Eso no significa que sus oyentes recibirán el tema de forma crítica. La canción comienza con la marcha militar. Es más elaborada que las demás, más alegre, con humor y muy bien producida, da la sensación de estimular la conciencia sobre el asunto. El grupo, sin embargo, se mantiene serio, a pesar del trabajo que ejecutan.
En ciertos momentos, esta dama musical parece ser una señora representativa y respetada por los suyos. En otros, suena como una vulgar señorita que se copia cíclicamente, en un bestial intento por reciclar músicas, y nunca se reinventa. Es ‘autofágica’. Como el funk transformado, la champeta transita entre lo tosco y lo clásico. Vulgar, como un tranvía sexual de los funksde Río de Janeiro. Aunque parezca, en muchos casos, desprovista de sentido, la champeta puede ser una traducción de la vida, que se parece más a un rap de San Pablo, a una canción de denuncia. Y una vez más en una tarde calurosa de la ciudad baja, encontramos en la música la expresión de las masas. En cambio, en un picó nadie va a poner atención y van a repetirse las estrofas: “¡Chuzada, chuzada!”.


Un sonido afrocolombiano

La espontaneidad caribeña, ritmos antillanos y africanos conducidos a una especie de sincretismo musical, partió una vez más de los barrios marginados, como Olaya Herrera, San Francisco, La Esperanza, Pozón y Nelson Mandela. La mayoría de las veces, las letras hablan de cómo dejar a las mujeres enamoradas y, tras eso, cómo olvidarlas. Hablan también de los picós, metalenguaje puro. El cantante y compositor Louis Towers considera la champeta una manera de interpretar la música africana: “Lo que se hace hoy tiene su pérdida de valor. Pero todos los géneros permiten un intercambio, una nueva propuesta. No como un reciclaje, sino como una vuelta a los orígenes”. Descubrimos que toda la música caribeña es un poco palenquera. Del palenque surgieron los esclavos defensores de su territorio y de la libertad cartagenera. Sonidos inherentes al afrocolombianismo.

Hace quince años, viajar al África para buscar música y transformarla en champeta le costaba al productor cerca de cinco mil dólares, lo que sería suficiente para pagar incluso los derechos a los autores, aunque las copias no hayan sido siempre autorizadas. Del mismo modo que los esclavos africanos comenzaban a ser traídos a Colombia hace cuatrocientos años, en los setenta las canciones del continente africano llegaban a los oídos caribeños y eran sustraídas indiscriminadamente.
En 2000, prohibieron la champeta durante cuatro meses. Las autoridades creían que los bailes incitaban a la violencia y comparaban los picós con las fiestas que dieron origen al estilo musical. Camilo José Cela, mientras definía el carnaval, decía que “el error fue el de probar a convertir la chispa del individuo en la mansa llama sin temperatura de la multitud pagana y dócil, esa mansa materia prima de la sociedad de consumo que hasta agradece que se le den normas y consignas”.
La Cartagena negra y dividida nos lleva una vez más a los palenques y a los trabajadores de la periferia, del Cerro de la Popa, de la Loma Fresca. Mientras buscamos la champeta con una increíble obsesión, comprendemos que no se puede tener éxito, a no ser que se busque a la gente. Encontramos la champeta en las callejuelas de Cartagena, entre camareros, estudiantes, meseros, vendedores y cocineros. El ritmo es como un navío que, a pesar de estar golpeado por las olas, no se hunde. Los estratos y culturas están separados por Bocagrande, la pequeña bahía dispuesta a morder a los que intentan cruzarla.


Antologia crônica publicada no site do Bicentenário de Independência de Cartagena de Indias (Colômbia): http://bicentenario.fnpi.org/cronica04.html

LAS HISTORIAS DEL BICENTENARIO
DE CARTAGENA DE INDIAS

Crónicas, experiencias y aprendizajes de 14 periodistas latinoamericanos

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